Un hombre tranquilo, de Miguel Ángel Rodríguez Chuliá

Como hemos podido comprobar,  Un hombre tranquilo  no es solamente un relato ameno con el que pasar una tarde entretenida. Habla de muchos temas importantes, que no debemos pasar por alto pensando que se trata de una novela ligera y superficial.

En Un hombre tranquilo  hemos conocido a una serie de personajes que encarnan diversas tipologías de víctimas y verdugos de nuestras sociedades modernas.

Por un lado encontramos a Alicia, la subinspectora de policía relegada por sus superiores en lo que podemos sospechar como  un claro caso de discriminación por razón de género en el ámbito profesional. Alicia se ve obligada a demostrar que puede ser tan o incluso más capaz y resolutiva que sus colegas masculinos, y llegar a resultar igual de soez y agresiva que ellos cuando las circunstancias lo requieren.

El segundo caso de denuncia social por parte del autor lo encontramos en Ana, la abnegada esposa que debe complacer a su esposo en todo, soportar con estoicismo sus ataques de furia y sus palizas y después intentar ocultar ante los demás las huellas de su maltrato. Ana personifica a todas aquellas mujeres aisladas de su entorno familiar y social por su maltratador, que no disponen de recursos económicos propios que les permita escapar de su angustiosa situación y que, resignadas, terminan adaptándose a ella.

Marta es la tercera mujer incluida en la novela que sufre vejaciones por el hecho de serlo. Crece sin conocer a sus padres biológicos y sufre toda clase de abusos y violaciones en las familias de acogida con las que pasa su infancia y primera adolescencia, hasta que es internada en un reformatorio tras un desesperado intento de defender su maltrecha dignidad. Marta no ha conocido el calor de una familia ni el amor respetuoso de un padre, y desde entonces lo buscará en todos los hombres con lo que se encuentre en su camino.

Andrés personifica al hombre que descarga sus frustraciones sobre las personas que le rodean y que él considera más débiles;  en este caso es su esposa, Ana, quien sufre sus accesos de ira y su constante maltrato, tanto físico como psicológico, sabiendo que ella no va a delatarle ni a pedir ayuda, porque la tiene completamente aislada, sometida y recluida.

Por último, encontramos a Jorge,   el hombre tranquilo, verdadero protagonista de la novela.  Sicario de profesión, nadie lo imaginaría al cruzarse con él por la calle o darle los buenos días en el ascensor.  Héroe e ídolo para muchos, que lo admiran como un moderno justiciero, o  verdugo y execrable asesino para otros, que aspiran a verlo entre rejas. He aquí la dicotomía de este personaje, que mueve pasiones a uno y otro lado mientras él permanece impasible a lo largo de todos los acontecimientos  narrados.

La expresión de hombre tranquilo es muy frecuente encontrarla tras la comisión de cualquier tipo de crimen, en las declaraciones de las personas que alguna vez conocieron o coincidieron con el sospechoso.  “Era un buen tipo“, suelen decir. “Era muy educada y siempre daba los buenos días“, opinarán sus vecinos.  “Mi hijo no puede haberlo hecho, es imposible, es incapaz de matar ni una mosca“.

Testimonios como éste son los más escuchados en los días posteriores a un crimen pasional, a un asesinato múltiple o a una terrible matanza, como la recientemente ocurrida en Las Vegas, Estados Unidos, el pasado día 2 de octubre. Mientras escribimos estas las líneas, podemos ver en la televisión las imágenes de los familiares y amigos del autor del tiroteo llevándose las manos a la cabeza, negando con gestos desesperados, llorando con incredulidad.

Y podemos escuchar  a  su hermano, completamente conmocionado, horrorizado, atónito, explicando que no puede ser, que nunca se lo hubiera imaginado, porque él era, ante todo, un hombre tranquilo.

Alessandra Roma

Madrid, 5/10/2017