Vértigo, de Ellen Benítez

Irónicamente, Jean Paul Sartre postuló la terminología de su propia visión inclasificable en la siguiente cita: Todos los existencialistas tienen en común la doctrina fundamental de que la existencia precede a la esencia. Así, un mundo que hasta el momento, cierto es, ya había sido descubierto y ahondado en el devenir de decenas de literatos e intelectuales dispares en forma, ahora ya podía presentarse ante todos con un título vendible. Sus preceptos se consolidarían gracias al terreno abonado por Nietzsche y Kirkegaard, y al trabajado por el propio Sartre,  Camus,  Heidegger, Unamuno o de Beauvoir. En todos ellos impera un nuevo concepto cuya herencia en la sociedad del siglo XXI, para bien y para mal, es inabarcable y faraónica. ¿Puedo pensarme a mí mismo tal y como quiera ¿El mundo me hace? ¿Soy mi entorno? ¿Mi ser viene envuelto? ¿Yo soy el envoltorio? ¿Han muerto los envoltorios tras la caída del Dios nieztcheano?

Esta es la quimera filosófica que proponemos en Grupo Tierra a través de Vértigo, el nuevo poemario de la autora turolense Ellen Benítez. Ella se postula como conductista de corazón, de Skinner, una afirmación que será visiblemente acertada a los ojos de los lectores, testigos mudos del insondable abismo que es la voz poética de Vértigo, un ente oscuro en constante aprendizaje cuyo universo se tambalea al son de decenas de estímulos, tantos como versos contiene la obra. Aun a sabiendas del brete que supone definir a la filosofía del aprendizaje, podemos afirmar que Vértigo sí nos plantea retos asociados a la evolución de la conducta humana. Tal vez el más singular es aquel que atañe puramente a la intrahistoria que Benítez nos lanza en sus versos conceptuales: hayamos la yuxtaposición entre una vida a medias y una muerte translúcida que aparece en todo momento, incitando a la voz protagonista, entristeciéndola a ratos, envalentonándola a veces; marcando la temática predominante del poemario, ese por qué de las acciones del ser:

Que a veces convertirte en una chincheta es la única forma
de poder estar tirado
sin que otros te pisen

(…)
Que de ser un hada creería en los niños

(…)

Que de ser pirata bebo ron sin condiciones 

 (…)

Que de ser sirena cantaría
hasta que el mundo te pareciera un buen lugar

Uno de los grandes atractivos de esta obra es la curiosa y complicada relación de significados entre significado y poesía. ¿Cómo clasificar aquello que escapa a formalismos? Algo así parece ocurrir actualmente con la nueva ola de jóvenes poetas que huyen de la normatividad literaria. No sabría definir lo que hago, escribo por necesidad y de la manera que quiero, pero poesía no hago; así se expresa Irene X, autora referencial de Ellen y recuperada en el encabezamiento de uno de sus poemas. Esta complicada tarea de definición también es sugerida en Stilnox, uno de los momentos clímax de Vértigo:

               Pero los héroes y las épicas hazañas nada tienen que ver con el mundo en el que me  encuentro. Es por eso que no escribo más allá del límite donde se encuentra la fantasía.  No hubo héroes que venciesen la fuerza de las pastillas. No han luchado a mi lado los guerreros sino las hechiceras. Las princesas. Las amazonas. Aquellas que al salir            corriendo ante una llamada de emergencia (teniendo siempre el móvil encendido) cargan con dos pechos sobre los que pesa la ineptitud de los hombres y tienen que soportar en ellos la paciencia tierna repartida entre ambos, teniendo dos tetas pero solo un corazón.
¿En qué género literario se clasifica eso?

Cabe mencionar que el aspecto conceptual al que hacemos referencia viene acompañado de una estética visiblemente personal, y que al margen de ello, evoca grandes referencias lejanas de la poesía de los malditos. Un ambiente en el que imaginamos las fábulas de Poe, Lovecraft, Baudelaire o Lautrémont, con esa muerte ladina que hace sombra y espolvorea lo tenebroso y sobrenatural en buena parte de los versos.

             Los sucesos acontecidos recientemente

            son fenómenos paranormales en el baño

            de un bar de mala vida y buena muerte.

            (…)

            La muerte es la desconexión,

            como cuando saltan los plomos

            y sencillamente

           se apaga la pantalla.

            (…)     

            Merezco el miedo
por invitar a los monstruos
a subir a la cama.

De la mano de ese estilo inquietante, encontramos la parte pictórica de Vértigo. Las ilustraciones que encontraremos en el poemario son un valor añadido, ya que las mismas son obra de Benítez, incluyendo la portada. La duda imperecedera se hace visible en forma de mujer con cabeza de conejo, en cuervos que sobrevuelan pensamientos dispares, en dar la espalda a una realidad voluble y distorsionada; todo ello en equilibrada consonancia con esa estética maldita que reseñábamos anteriormente.

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