La verdad hecha fantasía

Buenos días y feliz martes.

En el CaixaFórum de Barcelona han abierto hace poco una exposición titulada “Disney: el arte de contar historias”. No dejéis que el título ni la marca os engañen: no es solo para niños.

Ni mucho menos. Si conocéis un poco el mundo de la animación sabréis que el proceso no ha sido nunca sencillo, desde que Lotte Reiniger hacía volar hadas y mariposas y correr aventuras al Príncipe Achmed con sus delicadas marionetas recortadas, las películas de animación han requerido un proceso fotograma a fotograma. Y se dice rápido: fotograma a fotograma.

Vi un fragmento de la infinita apertura de Blancanieves y los siete enanitos que, seguro, se dejaron a un montón de artistas en el tintero, una muestra del brainstorming, de las pruebas de personaje que no llegaron a la pantalla, también se adivinan por cada una de las obras, las disciplinas que parecían no tener nada que ver con el arte de la animación pero que ayudaron a empujar hasta la pantalla creaciones de la magnitud de Fantasía- imaginaos aquí bailarines, caballos, físicos cuánticos… paseándose por el estudio. Pero no os esperéis fotos, si vais, veréis el trabajo de los artistas que trataban de hacer por primera vez lo que ahora nos parece tremendamente normal: darle naturalidad al dibujo animado. Por eso, por ejemplo, en el famoso corto de Los tres cerditos (o incluso en  Frozen) las pruebas de personaje son fundamentales.

Ponedle un poco de nostalgia: el sol de California entrando por la ventana, el blanco escritorio de dibujante y un joven artista con la raya al lado, el pelo engominado, los pantalones de talle alto, una camisa de rayas azules y el lápiz en la oreja. Ahora, pensad en qué podría añadirle nuestro amigo Walt a la imagen para hacer algo especial, es  muy sencillo: un espejo.

Los primeros dibujantes de la compañía tenían la extraña orden de verse en el espejo, de analizar sus propias expresiones para que todos y cada uno de los enanitos tengan (y la tienen) su propia personalidad, su propia gesticulación, sus propias reacciones. Por eso, veréis los ensayos de esas  expresiones en el papel y su vestuario. Sin esos ensayos, no habrían hecho nunca tampoco la prueba de Anna, la princesa de Frozen, que ya es famosa por su expresividad y su excentricidad, que es mucho más extensa y reconocible. Casi más que la propia reina del hielo.

Ahora, intentad pensar en esa manía por el detalle como un fractal, un virus, una mancha de aceite que se extiende a todos y cada uno de los campos de la narrativa Disney, se podrían llenar salas y salas de museo con todas las obras que solo fueron ideas sobre las películas porque el nivel de detalle de los fondos, los paisajes, las paletas de colores, las presentaciones para la narración, de cada una de las idas de olla de los artistas conforman, finalmente, una producción monumental de arte que se teje en una red de expresividad y posibilidades infinitas.

Es algo así como si un escritor se clonara a si mismo cada vez que escribe y dedicara un clon a cada uno de los aspectos de la novela que está escribiendo.

Os explicaré solo con más detalle el fragmento del principio de la exposición, para que lo veáis a lo que me refiero. En las primeras pruebas de fantasía, dónde aparecen los famosos cíclopes con sus coronas de flores y los bebés pegaso y los ángeles (amores, para ser literariamente exacta) y esa amalgama de personajes mitológicos clásicos que viven en una Arcadia thecnicolor… hay algo que resuena. Algo que ya has visto antes y que es más familiar que esos cíclopes, algo en las formas redondeadas que compensan la arquitectura helénica, una paleta de colores suave que parece querer contarte otra historia que ya conoces y que no está en esas antiguas pruebas.

Y te das a vuelta para ver la siguiente serie de obras y ahí está: Hércules. Su Olimpo en los cielos, su adorable pegaso, sus nubes, sus colores pastel en aspirales por todas partes y esa coherencia que sólo tienen contados autores. Lo que prácticamente no puede lograr una sola persona en años de escritura lo logran ellos recuperando estéticas del 1940 y reconvirtiéndolas en un éxito en 1997:  una cosmovisión que estaba guardadita en una caja desde hacía 30 años y se inserta en un mundo en el que encaja perfectamente con un proyecto nuevo y, sobre todo, fresco, menos cursi (qué le vamos a hacer, Walt nunca fue famoso por esconder que le gustaba lo cursi).

Pero ojalá me llevara comisión de Disney por decir todo esto, es que no lo puedo evitar, les envidio: releer lo clásico, ya sea el folclore, la mitología o los cuentos populares y transformarlos en algo nuevo es un arte que sobrepasa la literatura, sobrepasa la vida. 

Ya no os suelto más el rollo, tenéis que ir a verla Pero os diré que cuando voy a los museos, como cuando leo, me gusta más hacerme preguntas que sacar conclusiones así que os dejaré algunas por aquí por si os atrevéis a ir a intentar responderlas. ¿Hay algo intrínseco en todas las historias que intentan dar sentido a nuestra existencia para que siempre las busquemos? ¿Es muy distinto ver Blancanieves y los siete enanitos ahora que cuando fue proyectada por primera vez si lloramos igual al final, si pasamos miedo cuando aparece esa bruja horrorosa que hizo historia en el cine? ¿Hay algo más divertido que un muñeco de nieve que adora el verano? ¿Quién te eligió Walt Disney? ¿Qué conjugación de astros se reunió y qué partículas subatómicas, qué lecturas tuviste que hacer para detectar esas historias que nos siguen diciendo tanto aunque lleven siglos contándose?

María Gandía

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