Escribir sobre uno mismo.

“No contiene ni una pizca que no haya sido vivida,

pero tampoco ninguna tal y como se vivió”

Goethe

 

 

¿Qué es un relato biográfico? ¿Qué lo diferencia de cualquier relato?

El término autobiografía proviene del griego autós / bios /gráphein: escritura de la propia vida. Y ojalá todo fuera tan sencillo como en la etimología, porque se trata de un género que comprende multitud de  formas: las confesiones de San Agustín, los ensayos de Montaigne, poemas larguísimos de Novalis, o incluso “La joven parca” de Valéry,  a la que siempre llamó su poema biográfico, a pesar de que no hable de lugares ni de personas conocidas ni de experiencias vividas, los diarios en los que los autores narran sus experiencias inmediatas, es el caso de los que se conservan de Kafka, que no son menos angustiosos que sus novelas,  o el “Canto de mí mismo” de Walt Whitman.

Para que veáis:

 

“I

Yo me celebro y yo me canto,

Y todo cuanto es mío también es tuyo,

Porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca.

Indolente y ocioso convido a mi alma,

Me dejo estar y miro un tallo de hierba de verano.

Mi lengua, cada átomo de mi sangre, hechos con esta tierra, con este aire,

Nacido aquí, de padres cuyos padre nacieron aquí, lo mismo que sus padres,

Yo ahora, a los treinta y siete años de mi edad y con salud perfecta, comienzo,

y espero no cesar hasta mi muerte.

Me aparto de las escuelas y de las sectas, las dejo atrás; me sirvieron, no las olvido;

Soy puerto para el bien y para el mal, hablo sin cuidarme de riesgos;

Naturaleza sin freno con elemental energía.”

 

 Walt Whitman, Canto de mí mismo.

 

Lo que más cuesta entender es aquello que tienen en común todas esas  creaciones literarias para que las consideremos biografía. ¿Qué es lo que las aúna a todas y cada una de ellas para que estén en un mismo cajón literario? Son parte de una evolución común, es decir, que en cada momento histórico en que se redacta una vida hay un modo particular de hacerlo. Por eso, no se parecen en nada obras como “El libro de la vida” de Santa Teresa de Jesús y las “Confesiones” de Rousseau.

Sin embargo, en todas existe un interlocutor, aunque la autobiografía parezca no necesitarlo.  Llamadlo tú poético, lector…

Hagamos una pequeña reflexión histórica, en un inicio, la autobiografía parecía tener de oyente a Dios, a alguien superior y espiritual, hay que rendir cuentas, esto no implica que siempre se trate de un formato confesión: “Señor, he hecho esto, soy así….”. Al contrario, la gracia de que las confesiones se tornen en autobiografías está en que ese ente espiritual está en todas partes y lo sabe todo, entonces se convierte en una especie de lector al que no se le puede ocultar nada. La escritura de una crónica sobre una relación tan importante como es la relación con Dios es la excusa perfecta para explicarlo absolutamente todo.

Pero esta relación con Dios se va tornando borrosa. Pensemos, por ejemplo, en el arte: en los autorretratos. Durero es uno de los grandes exponentes de la transformación que la idea del “yo” sufre a lo largo del otoño de la edad media y el inicio de la edad del hombre. No hace falta ir más acá para entender  la complejidad de pintarse uno mismo. Cuando Durero pinta uno de sus más famosos autorretratos, estaban muy de moda las representaciones en madera de Jesucristo: pequeñas imágenes del que ahora es el prototípico rostro del Cristo barbudo y realista. Pero Durero, ya entonces, se pinta a si mismo con prácticamente todos los atributos de esa imagen y la hace pasar por autorretrato, con la consiguiente barba y  cabello largo ondulado, pero con un detalle: con la mano que le queda a la vista se señala  a si mismo.  Y, desde entonces, tenemos un problema de interlocutor, el lector al que contamos nuestras vivencias es anónimo, en muchos casos, es incluso uno mismo. Y al no ser Dios, es más fácil ocultarle cosas, hacerle creer cosas o, incluso, mentir descaradamente. Los diarios de Tolstoi, por ejemplo, están escritos por seguir la larga tradición de dejar a la esposa leer los diarios del marido y eso ya implica algún tipo de censura. Por otro lado, Robinson Crusoe no hubiera sido escrito nunca sin la tradición protestante del examen de consciencia a través de la escritura. La cuestión puede ser complicada hasta el punto en que un acto este tipo parece no valer nada, no tener interés alguno para el resto del mundo:

 

“Lector, éste es un libro de buena fe. (…) No he tenido consideración alguna ni por tu servicio ni por mi gloria.(..) Si hubiese sido para buscar el favor del mundo, me habría adornado mejor, con bellezas postizas. Quiero que me vean en mi manera de ser simple, natural y común, sin estudio ni artificio. Porque me pinto a mí mismo. Mis defectos se leerán al natural, (…).De haber estado entre aquellas naciones que, según dicen, todavía viven bajo la dulce, libertad de las primeras leyes de la naturaleza, te aseguro que me hubiera gustado muchísimo pintarme del todo entero, te aseguro que me hubiera gustado muchísimo pintarme del todo entero y del todo desnudo. Así lector, soy yo mismo la materia de mi libro; no es razonable que emplees tu tiempo en un asunto tan frívolo y  tan vano. Adiós, pues. Desde Montaigne, a 12 de junio de 1580.”

Michelle de Montaigne, ensayos.

 

¿Porqué os estoy contando todo esto? Os preguntaréis. Porque escribir una autobiografía es, seguramente,  hacer el enfoque más complicado que existe en la escritura.  ¿Quién va a leer una autobiografía? ¿Quién se cree tan importante para escribirla? ¿Es un acto de narcisismo puro y duro?  ¿Cuáles son las elecciones que deberemos hacer a la hora de llamar la atención sobre nosotros mismos? ¿Seremos un personaje secundario? ¿Un observador?  Es más, ¿somos el mismo hoy que en veinte años? ¿pensaremos lo mismo del mundo que nos rodea hoy y dentro de tres años? Si la respuesta es no ¿qué validez tiene lo que escribamos hoy? Puede tratarse simplemente de una necesidad vital de escribirse, de recordar, de mantener memorias preciadas en pequeñas cajitas de relatos.