Se haga la luz.

El pasado día 25 de octubre, presentamos en Alibri tres libros que demostraron ser hermanos de sangre aunque parecían no tener nada que ver los unos con los otros.

Para empezar, de la mano de su autor, Antonio Florido, nos vimos rápidamente sumergidos en una sinopsis profunda de Perro Inmundo, cuya portada sugerente habría hecho pensar a cualquiera que hablaba, valga la redundancia, de un perro; pero nos dejó a todos aterrorizados con un paseo metafórico Kafkiano por las inconveniencias atroces del abuso de las tecnologías y cuya versión cinematográfica bien podría estar dirigida por Stanley Kubrick. Con Antonio aprendimos todos que las influencias pueden estar veladas pero muy presentes.

Entre otras, se definió como un artista conceptual. Que observa todas las caras del prisma de cada tema tratado, está claro que el trabajo de fondo, de lector y escritor, que ha hecho Antonio es tan oscuro como apasionante y vital.

La luz llegó, fresca y serena con Paz Mancebo y Las siete caras del destripador. Asegurando que su obra no era oscura sino que venía a dejar las cosas claras, nos explicó lo poco convencida que había estado desde un principio de las versiones convencionales de la identidad del famoso asesino.

No quiso hacer spoilers, y se lo agradecimos todos, porque es mejor quedarse siempre con la intriga para leer el libro a gusto– ¿qué tendrán los misterios antiguos que, aunque sabemos la tragedia, nos gusta vivirlos una y otra vez?–, pero hizo volar nuestra imaginación hacia personajes tan destacados como Oscar Wilde y los peces gordos de Scotland Yard de la época. Parece mentira que un texto tejido con tanta dedicación llevara 17 años en un cajón y vea la luz ahora con nosotros.

Por último, Jordi  Rosinyol, que dio las gracias en catalán también–porque sí, porque le hacía ilusión volver a Barcelona—dio una explicación colorida y sentida de sus relatos. Destacó su atención a los detalles, la observación de la cotidianidad, dijo, es una de las cosas que más relatos le inspiran, que más le abren la puerta radiante de la literatura. Fue cercano y transparente, estuvimos de acuerdo, gracias a sus aportaciones, en que los autores quedan en el corazón por el cómo escriben y no siempre por el qué. ¿Cómo si no iba a funcionar un relato sobre una aguja y su relación con los compañeros en su cajita de galletas holandesas?

El mejor momento de la noche fueron las pequeñas lecturas de cada uno de los textos, totalmente al azar, que nos conmovieron a todos, pudimos tener una cata de cada una de las obras, una cata corta, eso sí, porque estábamos tan a gusto que se hizo tarde y a punto estuvieron de echarnos de la librería, con toda la razón.

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