Colección mementos: Miguel Delibes

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Cuando  iniciamos esta aventura en septiembre de 2017, el equipo de coordinación formado por Nona Escofet, Albahaca Martín y una servidora decidimos ofrecer la posibilidad a escritores e ilustradores, de poner en común el talento inspirándonos en un artista, ya fallecido, al que no tuviéramos la oportunidad de entrevistar en CLIC (Club de lectura internacional Caleidoscopio), pero que hubiera supuesto un modelo a seguir en el campo de la literatura.

La idea partía de realizar una edición de libros que formasen parte de la colección MEMENTOS, en la que se incorporarían autores como Miguel Delibes, Gloria Fuertes o Jose Luis San Pedro recordando a los clásicos consagrados (no hay que olvidar que CLIC lo usamos como plataforma para dar a conocer trabajos contemporáneos). Cada ejemplar se pondría a un precio simbólico que sirviese para pagar las gestiones de edición e imprenta, y de entre todos los trabajos aportados se seleccionarían dos ganadores que recibirían un Mementos en papel: un escritor y un ilustrador.

La ventaja nos parecía interesante: escritores e ilustradores tendrían la oportunidad de formar parte de un proceso de selección en el que su obra podría ser elegida para formar parte de una colección de libros preciosa, en papel, aumentando currículo, dando a conocer al público sus trabajos y recibiendo el reconocimiento de la editorial.

Enseguida propusimos la idea en diferentes redes sociales para animar la participación de los artistas. Cuál no sería nuestra sorpresa cuando, en lugar de parecer buena idea, una serie de grupos empezaron a decir que era una vergüenza que no se ofreciera ningún tipo de retribución a los participantes.

MementosLa capacidad humana para dar la vuelta a las cosas es sorprendente. La transparencia nunca es suficiente, porque siempre hay personas capaces de tergiversar las propuestas con críticas negativas, en lugar de aportar críticas constructivas.

No obstante, tenemos que dar las gracias a todos aquellos que sí creyeron en nosotras y han hecho posible que el primer número de esta colección salga a la luz, un proyecto de relato corto bonito que ha mezclado talentos dando a conocer a diferentes artistas no consagrados. ¡Seguimos con Gloria Fuertes!

El extraño caso de los libros noveles

Hace algunos días publiqué un artículo (ahora se dice post, para ser más chic) en la red social Facebook:

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Adivinad cuál fue mi sorpresa cuando artículos que hablan sobre el satánico Pablo Iglesias en su última cruzada gemelar tienen más de 300 comentarios y, de entre un grupo de 5.000 amigos ligados a Grupo Tierra Trivium, especialmente seleccionados entre apasionados por la literatura, solo se expresan dos —y, uno de ellos, me habla de Patricia Highsmith como escritora poco experimentada.

La mayor parte de los autores —esta generalización es importante, porque excluye a varios escritores: los que forman parte de la parte menor— que se dirigen a Grupo Tierra Trivium se quejan de no ser leídos; de no tener una oportunidad en el mercado. Consideran que el hecho de haber escrito la última palabra de un texto ya los determina como escritores consagrados merecedores de sembrar doctrina, héroes modélicos a seguir por aquellos que no han conseguido trazar sobre el papel ninguna idea que haya surgido exclusivamente de su imaginación.

Esto me lleva a una reflexión importante. Siempre desde mi punto de vista absolutamente subjetivo (y, como todo el mundo sabe, la subjetividad no solo no sienta cátedra, sino que tampoco supone una verdad incuestionable), para escribir, hay que leer. Efectivamente, no sabemos cuánto leyeron Miguel de Cervantes o el autor anónimo del Lazarillo de Tormes, pero se hace necesaria una noción básica, un conocimiento mínimo de la técnica de la segmentación de los sintagmas y la coordinación del sujeto y el predicado para poder transmitir al interlocutor el mensaje que uno quiere lanzar. También es cierto (insisto, desde mi perspectiva) que, cuanto mejor sea el autor al que se lee, más se puede aprender a fin de mejorar la técnica propia.

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Ilustración de Sara Muñoz

El problema se plantea con esta última frase: «cuanto mejor sea el autor al que se lee, más se puede aprender a fin de mejorar la técnica propia». ¿Quién determina qué escritor es bueno? La respuesta no es otra que un buen marketing  (técnica de mercado). Si el distribuidor vende bien (y venderá bien si el porcentaje con el que se queda es mayor), un libro estará expuesto al público nada más entrar por la puerta del gran centro comercial, prácticamente en el suelo, para que el comprador se tropiece con él y tenga que recogerlo, se fije en su textura, en su portada, y lo deje en la mesa que está al lado de los tornos —y que, casualmente, tiene una montaña de ejemplares, todos con el mismo título—. Además, mientras va en busca del libro que quiere leer o regalar, el hilo musical de la tienda estará expresamente orientado a la compra de este título que ha recogido previamente del suelo, y los propios libreros tendrán en los ojos escritos el mismo nombre. Cuando pregunte al profesional, le dirán, casualmente, el que su cerebro quiere escuchar desde que ha entrado por la puerta.

¡NOOOO! Error. ¿NO TE DAS CUENTA DE QUE NO HAS DECIDIDO TÚ? Seguramente, incluso lo has escuchado en radio o visto en los anuncios gigantescos pegados en el culo de los autobuses. Te has dejado hipnotizar. Puede que el libro te acabe gustando… o no. Pero no lo has elegido tú. Lo han elegido por ti. Y ahora es cuando la opinión pública, tan democrática en nuestro país, crucifica a Jimena Tierra… chantatachán… yo me compré La sombra del viento y Los pilares de la tierra, y los leí, y se me hicieron ambos infumables, pero todo el mundo hablaba tan bien de ellos, y salían en tantos sitios recomendados (amigos, sí: también los periódicos que recomiendan libros, cobran por ello), que necesitaba vehementemente averiguar por mí misma qué tenían de especial aquellas obras que tuve que acabar sin desmenuzar, ingiriéndolas con agua fría.Capturabrg

Bien. Sigamos, y con esto concluyo. Habrá libros que, evidentemente, tengan una espectacular técnica de venta y que, además, merezcan la pena. No lo pongo en duda. Pero hay otros publicados por editoriales pequeñas y medianas, que están en grandes superficies según qué casos (los mínimos), que no tiene una distribución fuerte y que (¡escucha esto!) son dignos de leer, ejemplos modélicos que han salido de la cabeza de un escritor desconocido y que, lo único que no tienen para competir con algunas bazofias, es dinero.

Por ello, os animo a pensar por vosotros mismos (algo difícil, hoy en día), a no centrar vuestra biblioteca únicamente en autores consagrados y a valorar la escritura como lo que es: un arte que no todo el mundo puede desarrollar por el hecho de coger un bolígrafo y caligrafiar una frase (inventada o real). Yo no me considero ilustradora por saber pintar un cubo tridimensional.

El tiempo es limitado y la oferta descomunal. Mi consejo de hoy es que no lo malgastéis y os informéis mucho antes de perderlo con malas lecturas que os priven de otras que sí merecen la pena. Y, si entre leer algo aberrante o no leer nada tenéis dudas, al menos, LEED. ¡Lo que sea! LEED, LEED, LEED…

Perro con lápiz
LEED

Políticamente incorrecto

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Empezar cualquier proyecto es duro. Más aún, si la competencia es ingente y afilada. Por ello, tras mucho meditar acerca de cómo podría daros a conocer mi diario de impresiones sobre el mundo editorial, y a pesar de lo políticamente incorrecto de mencionar algunas de mis ideas, he decidido enfrentarme a mis propios temores (que no son otros que la opinión pública) y expresarme por mí misma, sin cortapisas, pasando por encima de imágenes de princesas que cumplen con las expectativas sociales para poder confesar el duro proceso que supone montar una editorial, así como los éxitos y decepciones que produce a lo largo del camino.

Como todos sabéis, este sueño (y, a veces, pesadilla) empezó en septiembre del 2017. El trabajo realizado hasta ahora por todos aquellos que lo componemos está siendo inenarrable. No obstante, el hecho de ver el crecimiento que la raíz arraigada a la tierra está teniendo a medida que pasan los días, supone el mayor reconocimiento que ninguno de nosotros podría esperar. Mucho menos, yo.

En esta habitación hablaremos de espacios amigos, amigos (a secas) y enemigos, opinión, autores, lectores, burocracia, y todo lo humano y divino a lo que Grupo Tierra Trivium se está enfrentando desde su nacimiento, por dos motivos fundamentales: transparencia ante aquellos que creen en nosotros y conocimiento para las nuevas generaciones emprendedoras que deseen enfrentarse al ‘pantano de los horrores’.

Porque ya sabéis que el pantano de los horrores tiene arenas movedizas, fuegos burbujeantes y RAG (roedores de aspecto gigantesco), y es mucho mejor si la experiencia se comparte para evitar que otros puedan caer en el horror o error.

Nos leeremos los martes. Hasta entonces, un abrazo.

Jimena Tierra

 

Primera clase del taller de novela negra

carlos_augusto_casas35Carlos Augusto Casas, galardonado con varios premios por su novela negra Ya no quedan junglas adonde regresar, nos hace el honor en la academia Tierra de impartir un taller trimestral de técnica narrativa en el género noir, mediante un sistema de videoconferencia que nos permite acudir a las sesiones desde diferentes partes del mundo.

La clase inaugural se celebró ayer, de manera gratuita, para presentar un proyecto que aguardaba con gran expectación desde que se gestó hace unos meses, cuando Jimena Tierra le preguntó al periodista si le apetecería contar personalmente cuál es el secreto de escribir una primera novela y alcanzar premios como el Wilki Collins o el Morella Trufa Negra, entre otros, y Augusto respondió un «por supuesto» sin vacilación.

Gracias a la tecnología y como excepción, os ofrecemos la clase para aquellos que no pudisteis asistir a ella. Aún quedan plazas libres. Si tenéis ganas de continuarlo, no tenéis más que inscribiros.

Sopla un viento en la literatura argentina (que parece no irse más…)

Artículo de María Paula García.

liliana-bodoc-680“A veces, la vida se comporta como el viento: desordena y arrasa. Algo susurra, pero no se le entiende. A su paso todo peligra; hasta aquello que tiene raíces. Los edificios, por ejemplo. O las costumbres cotidianas. Cuando la vida se comporta de ese modo, se nos ensucian los ojos con los que vemos. Es decir, los verdaderos ojos. A nuestro lado, pasan papeles escritos con una letra que creemos reconocer. El cielo se mueve más rápido que las horas. Y lo peor es que nadie sabe si, alguna vez, regresará la calma”. Así comienza “Amigos por el viento”, un cuento de Liliana Bodoc que da nombre al libro que lo contiene. Liliana Bodoc es una escritora argentina –sí, aún no me acostumbro a decir era– y nos dejó, de un día para el otro, el pasado 6 de Febrero. Todo quedó desordenado y arrasado. Por lo inesperado, por lo indeseado pero, por sobre todo, porque es una enorme pérdida para el mundo de la literatura. Si bien se la conoce como un referente en la literatura infantil y juvenil, prefiero suprimir esos adjetivos que terminan marginando autores –como Bodoc- y obras que, por su calidad estética, debieran estar en el centro de la escena literaria. Su palabra poética diciendo lo que otros no se animan decir, o lo que nosotros no sabemos cómo decir, se nos presenta como un lugar de fortaleza: frente a la realidad que nos rodea, nos queda la poesía como sostén, nos queda la literatura para resistir.

Releo lo que escribo, veo la repetición del verbo decir y no encuentro sinónimo posible para reemplazarlo. Y es que en esa insistencia también está Liliana Bodoc. “Hablar es decidir. Si no hablamos, no decidimos y decide el pensamiento hegemónico”, dijo en una de sus conferencias. Por eso, su partida es también una inmensa pérdida en el plano de lo político. Convencida de que la palabra poética es política, de la misma forma en que el lenguaje también lo es, acompañó como madrina las acciones del Plan Nacional de Lectura que funcionó en Argentina del 2008 al 2015. En ese rol, visitó infinidad de escuelas y ofreció conferencias a maestros y alumnos, tendiendo puentes con la poesía y defendiendo la palabra como instrumento de poder. “No es posible planear lecturas sin planear una batalla contra todos los modos de la brutalidad. Me enorgullece ser parte de un plan que abre libros para cerrar heridas”, dijo en el año 2009. ¿Cómo, entonces, no vamos a estar impregnados de incredulidad y tristeza quienes, además de ser lectores, somos docentes? Se nos fue alguien que dijo y sostuvo implacablemente que “la educación no se imparte, se devuelve, la educación no es un acto de generosidad sino de justicia”. Uno encuentra en la escritura de Bodoc el compromiso político, el enojo frente a la injusticia y la rebeldía contra un sistema que reproduce la desigualdad. E, inevitablemente, sale de esa lectura con la convicción de que la palabra poética transforma e interpela al otro; y si no lo logra, al menos es refugio frente a lo adverso y lo absurdo de la realidad.

“La hermana muerte carga con una tarea que todos comprenden pero pocos perdonan. Sin ella, los hombres no mirarían al cielo en las noches claras. Tampoco cantarían. Sin ella no existirían el suspiro ni el deseo. Sin ella nadie en este mundo se ocuparía de ser feliz.”, escribió en Los días de la sombra. Los lectores de Bodoc no le perdonaremos a la muerte este arrebato tan antes de tiempo, pero sí miraremos al cielo y, cuando no nos quede nada más que llorar, haremos lo que ella habría hecho: abriremos un libro –uno suyo-, elegiremos los versos más poéticos, las palabras más nuestras, se las diremos al mundo y nos dejaremos abrazar.

Los invito a leer el cuento que comenzó esta nota; de nada sirve el poder de la palabra si ésta no se comparte con el otro.

Amigos por el viento

Liliana Bodoc

A veces, la vida se comporta como el viento: desordena y arrasa. Algo susurra, pero no se le entiende. A su paso todo peligra; hasta aquello que tiene raíces. Los edificios, por ejemplo. O las costumbres cotidianas.

Cuando la vida se comporta de ese modo, se nos ensucian los ojos con los que vemos. Es decir, los verdaderos ojos. A nuestro lado, pasan papeles escritos con una letra que creemos reconocer. El cielo se mueve más rápido que las horas. Y lo peor es que nadie sabe si, alguna vez, regresará la calma.

Así ocurrió el día que papá se fue de casa. La vida se nos transformó en viento casi sin dar aviso. Recuerdo la puerta que se cerró detrás de su sombra y sus valijas. También puedo recordar la ropa reseca sacudiéndose al sol mientras mamá cerraba las ventanas para que, adentro y adentro, algo quedara en su sitio.

–Le dije a Ricardo que viniera con su hijo. ¿Qué te parece?

–Me parece bien –mentí.

Mamá dejó de pulir la bandeja, y me miró:

–No me lo estás diciendo muy convencida…

–Yo no tengo que estar convencida.

–¿Y eso qué significa? –preguntó la mujer que más preguntas me hizo a lo largo de mi vida.

Me vi obligada a levantar los ojos del libro:

–Significa que es tu cumpleaños, y no el mío –respondí.

La gata salió de su canasto, y fue a enredarse entre las piernas de mamá.

Que mamá tuviera novio era casi insoportable. Pero que ese novio tuviera un hijo era una verdadera amenaza. Otra vez, un peligro rondaba mi vida. Otra vez había viento en el horizonte.

–Se van a entender bien –dijo mamá–. Juanjo tiene tu edad.

La gata, único ser que entendía mi desolación, saltó sobre mis rodillas. Gracias, gatita buena.

Habían pasado varios años desde aquel viento que se llevó a papá. En casa ya estaban reparados los daños. Los huecos de la biblioteca fueron ocupados con nuevos libros. Y hacía mucho que yo no encontraba gotas de llanto escondidas en los jarrones, disimuladas como estalactitas en el congelador. Disfrazadas de pedacitos de cristal. “Se me acaba de romper una copa”, inventaba mamá que, con tal de ocultarme su tristeza, era capaz de esas y otras asombrosas hechicerías.

Ya no había huellas de viento ni de llantos. Y justo cuando empezábamos a reírnos con ganas y a pasear juntas en bicicleta, aparecía un tal Ricardo y todo volvía a peligrar.

Mamá sacó las cocadas del horno. Antes del viento, ella las hacía cada domingo. Después pareció tomarle rencor a la receta porque se molestaba con la sola mención del asunto. Ahora, el tal Ricardo y su Juanjo habían conseguido que volviera a hacerlas. Algo que yo no pude conseguir.

–Me voy a arreglar un poco –dijo mamá mirándose las manos–. Lo único que falta es que lleguen y me encuentren hecha un desastre.

–¿Qué te vas a poner? –le pregunté en un supremo esfuerzo de amor.

–El vestido azul.

Mamá salió de la cocina, la gata regresó a su canasto. Y yo me quedé sola para imaginar lo que me esperaba.

Seguramente, ese horrible Juanjo iba a devorar las cocadas. Y los pedacitos de merengue se quedarían pegados en los costados de su boca. También era seguro que iba a dejar sucio el jabón cuando se lavara las manos. Iba a hablar de su perro con el único propósito de desmerecer a mi gata.

Pude verlo transitando por mi casa con los cordones de las zapatillas desatados, tratando de anticipar la manera de quedarse con mi dormitorio. Pero, más que ninguna otra cosa, me aterró la certeza de que sería uno de esos chicos que, en vez de hablar, hacen ruidos: frenadas de autos, golpes en el estómago, sirenas de bomberos, ametralladoras y explosiones.

–¡Mamá! –grité pegada a la puerta del baño.

–¿Qué pasa? –me respondió desde la ducha.

–¿Cómo se llaman esa palabras que parecen ruidos?

El agua caía apenas tibia, mamá intentaba comprender mi pregunta, la gata dormía y yo esperaba.

–¿Palabras que parecen ruidos?–repitió.

–Sí. –Y aclaré– Pum, Plaf, Ugg…

¡Ring!

–Por favor –dijo mamá–, están llamando.

No tuve más remedio que abrir la puerta.

–¡Hola! –dijeron las rosas que traía Ricardo.

–¡Hola! –dijo Ricardo asomado detrás de las rosas.

Yo miré a su hijo sin piedad. Como lo había imaginado, traía puesta un remera ridícula y un pantalón que le quedaba corto.

Enseguida, apareció mamá. Estaba tan linda como si no se hubiese arreglado. Así le pasaba a ella. Y el azul le quedaba muy bien a sus cejas espesas.

–Podrían ir a escuchar música a tu habitación –sugirió la mujer que cumplía años, desesperada por la falta de aire. Y es que yo me lo había tragado todo para matar por asfixia a los invitados.

Cumplí sin quejarme. El horrible chico me siguió en silencio. Me senté en una cama. Él se sentó en la otra. Sin dudas, ya estaría decidiendo que el dormitorio pronto sería de su propiedad. Y que yo dormiría en el canasto, junto a la gata.

No puse música porque no tenía nada que festejar. Aquel era un día triste para mí. No me pareció justo, y decidí que también él debía sufrir. Entonces, busqué una espina y la puse entre signos de preguntas:

–¿Cuánto hace que se murió tu mamá?

Juanjo abrió grandes los ojos para disimular algo.

–Cuatro años –contestó.

Pero mi rabia no se conformó con eso:

–¿Y cómo fue? –volví a preguntar.

Esta vez, entrecerró los ojos.

Yo esperaba oir cualquier respuesta, menos la que llegó desde su voz cortada.

–Fue…, fue como un viento –dijo.

Agaché la cabeza, y dejé salir el aire que tenía guardado. Juanjo estaba hablando del viento, ¿sería el mismo que pasó por mi vida?

–¿Es un viento que llega de repente y se mete en todos lados? –pregunté.

–Sí, es ese.

–¿Y también susurra…?

–Mi viento susurraba –dijo Juanjo–. Pero no entendí lo que decía.

–Yo tampoco entendí. –Los dos vientos se mezclaron en mi cabeza.

Pasó un silencio.

–Un viento tan fuerte que movió los edificios –dijo él–. Y eso que los edificios tienen raíces…

Pasó una respiración.

–A mí se me ensuciaron los ojos –dije.

Pasaron dos.

–A mí también.

–¿Tu papá cerró las ventanas? –pregunté.

–Sí.

–Mi mamá también.

–¿Por qué lo habrán hecho? –Juanjo parecía asustado.

–Debe haber sido para que algo quedara en su sitio.

A veces, la vida se comporta como el viento: desordena y arrasa. Algo susurra, pero no se le entiende. A su paso todo peligra; hasta aquello que tiene raíces. Los edificios, por ejemplo. O las costumbres cotidianas.

–Si querés vamos a comer cocadas –le dije.

Porque Juanjo y yo teníamos un viento en común. Y quizás ya era tiempo de abrir las ventanas.

Enrique Carlos, un ilustrador literario

Por Silvia Escobedo.

Hoy vamos a conocer más de cerca a Enrique Carlos Martín, un ilustrador literario, cuya senda profesional viene marcada por ilustraciones para editoriales como Anaya, Vicens o Grijalbo, entre otras, y revistas de las editoriales Norma, El Jueves y la francesa Dupuis. Pero su trayectoria no acaba aquí. Tras unos años dedicado al trabajo de oficina retoma su pasión, esta vez como pluriempleo, dedicándose además de a ilustrar a escribir. Y así, en 2017 publica su ópera prima como escritor Gustavo y la Máquina de Montar Monstruos, un delicioso cuento infantil ‘apto’ también para adultos.

Entrevista:

Silvia Escobedo: ¿Qué queda de aquel Enrique Carlos que ilustraba anuncios en el periódico “Cambalache” a mediados de los 80?

Enrique Carlos Martín: Queda mucho aún, tampoco han pasado tantos años (comparado con la edad de La Tierra). Creo que lo más remarcable es, respecto a ilustrar, que sigue divirtiéndome y apasionándome. En global, respecto a cualquier actividad creativa, sigo intentando poner todo mi empeño en hacerlo lo mejor posible. Pero

Comunicado

Como sabéis, llevamos desde septiembre 2017 funcionando y solo tenemos palabras de agradecimiento para vosotros.  Es cierto que estamos realizando un esfuerzo ímprobo que, en ocasiones, nos impide ver la luz de puro agotamiento. Llevamos un club de lectura con resultados excelentes, los talleres virtuales están teniendo una gran aceptación y cada día recibimos más manuscritos a valorar. El trabajo está dando su resultado y, como balance semestral, os contamos que más de quince autores ya confían en nuestra forma de entender la literatura, todos ellos de diferentes vecindades y nacionalidades, lo que nos permite dar a conocer su mensaje por encima de fronteras.

Hemos realizado la campaña de «Ningún niño sin cuento» para Tierra Solidaria, hemos conseguido la participación de la editorial en  varias ferias del libro en diferentes puntos de España y hemos dado un impulso a nuestras distintas colecciones reforzando su personalidad.

Sin embargo, la noticia más importante es que cambiamos de nombre.

GRUPO TIERRA EDITORIAL PASA A LLAMARSE GRUPO TIERRA TRIVIUM.

Y esto que parece un trabalenguas, tiene un sentido importante para las personas que componen la editorial. Trivium no solo representa al trío de coordinadoras que desarrollan su labor en Tierra compatibilizándolo con su maternidad, sino que también simboliza las tres artes que se impartían en la Edad Media: gramática, retórica y dialéctica.

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Por supuesto, mantenemos nuestro logotipo. Una Tierra que se alza desde las raíces, porque es lo que estamos haciendo: crecer.

Os invitamos a disfrutar de los diferentes servicios que ofrece GTT, y que tienen todos que ver con el mundo literario. Porque sin lectores, los escritores no tienen sentido. Porque, si eres escritor, este es tu destino.

Jimena Tierra

Marcelo Luján, autor de ‘Subsuelo’, en CLIC

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Hoy hemos tenido el honor de escuchar a Marcelo Luján en el Club de Lectura Internacional Caleidoscopio de GTE. Nos encontramos ante una obra maestra, ganadora de premios como el Dashiell Hammett (2016) en la Semana Negra de Gijón, el Novelpol (2016) a la mejor novela negra del año y el Santa Cruz de Tenerife Noir (2016).

Escritores de tal talla de Eloy Tizón, dicen de ella que «En Subsuelo hace calor y el lector tiembla». «Una radiografía del deseo, la envidia, el odio, el amor filial y el sexo depredador y destructor», dice Juan Carlos Galindo (El País).

Sin embargo, en GTE creemos que es mucho mejor que escuchéis al propio autor hablar de la construcción de la novela, acompañado de Albahaca Martín Gon y Jimena Tierra y de un entregado grupo de participantes que han disfrutado del desarrollo del evento.

 

Éxito de ‘Verso eres tú’ en Zaragoza

Ayer se alinearon los planetas en la maravillosa ciudad de Zaragoza y, entre todos, conseguimos que la presentación de Luna Yop fuera un verdadero éxito, no solo por la intervención de la propia autora del poemario Verso eres tú, editado por Grupo Tierra Editorial, sino también por la colaboración de la orquesta Safari o Crucero dotando de hilo musical el evento, la estupenda entrevista que le formuló Iván Heredia Urzáiz y, por supuesto, a los organizadores de la ONCE Zaragoza. Gracias a todos por conseguir que la literatura triunfase en una tarde invernal de lluvia intensa.

 

Entrevista a Rafael Caunedo

Rafael Caunedo (1966) es profesor de escritura creativa en el taller de Carmen Posadas, escritor y redactor en la revista Culturamas. Dirige el blog  www.mundovolubles.blogspot.com y es autor de novelas condecoradas, como Plan B, Helmut y Lo que ella diga, siendo este su último trabajo.

¿Cuándo supo que quería escribir?

R.C. Mi padre tenía una Olivetti Lettera 32, una de esas pequeñas y verdes. Me encantaba teclear a toda velocidad, como si fuera Glenn Gould al piano. Escribía minitextos en el centro de un folio. Pensamientos que me parecían muy profundos. No era el acto de escribir lo que fascinaba, sino creerme escritor. Luego, con el tiempo, me ha ocurrido lo contrario: he desmitificado a muchos autores para reivindicar solo la profesión.

¿Recuerda lo primero que escribió? ¿Qué edad tenía?

R.C. No fue lo primero, seguro, pero sí fue lo primero de lo que tengo constancia. Un día, en el colegio, nos mandaron escribir un relato. Al día siguiente, el profesor sacó uno al azar y comenzó a leerlo en voz alta. Recuerdo reconocer mi texto en cuanto empezó. Me puse atacado de los nervios. Pensé que mi relato era bueno, pero cuando llevaba la mitad, el profesor dijo: “… y continúa, bla, bla, bla… pero es muy largo”. Y lo volteó sobre la mesa para empezar otro. Fue una desilusión tal que nunca lo que olvidado. Estaría en EGB o así.

  1. ¿Qué lee usted?

R.C. Ficción. Novelas. Tengo un problema: me gusta evadirme de la realidad, así que la ficción es una de las mejores vías ─y no es tan cara como las drogas─. Soy un lector infiel a modas, géneros y éxitos. Leo de todo, más por impulso que por consejo, crítica o recomendación. Dependo de mi estado anímico, así que mi elección depende siempre de cómo me encuentro. Si tuviera psicoanalista, le preguntaría antes a él que a un librero.

  1. ¿Qué libro le gustaría haber escrito?

R.C. Pues me cuesta desligar un libro de su autor; a cada uno lo suyo. Eso sí, no estaría mal quedarme con cualquiera que tenga unos suculentos derechos de autor.