Prólogo de La esmeralda y otros cuentos

Se dice que vivimos una buena época para el cuento, que su economía del lenguaje permite consumirlo en cualquier trayecto, que hay editoriales con suficiente solvencia como para especializarse en lo breve, que los premios abundan y el reconocimiento es exponencialmente mayor que hace tan una o dos décadas. Por mi parte, me cuesta posicionarme en un sí o no rotundo en relación a la actualidad del relato. ¿Premios y reconocimiento? El que lo quiera y lo tenga a su alcance, bien puede tomarlo. ¿Empuje editorial para el cuento? Si hay calidad, adelante. ¿Consumo rápido? ¿Fast literature? Aquí encuentro un escollo mayor. Recelo creer que una lectura de quince minutos de Colinas como elefantes blancos sea suficiente para convalidar un entendimiento de la prosa de Hemingway, y me entristece que podamos llegar a confundir una antología de relatos con un restaurante de comida rápida. No me extenderé en repasar lo que es literatura basura y literatura per se; digamos solo que, para el cuento, por breve y aparentemente sencillo (como un bonsay), tal vez debiera dedicársele aún más tiempo del que empleamos para una novela. Cierto, no podemos olvidar la incógnita mercantilista en la ecuación. ¿Lee rápido, consume rápido? (Una pequeña acotación: este libro se lee despacio) En fin, debates al margen, me enorgullece observar que, bajo la estela de cuentistas hispanohablantes tan sobresalientes como Medardo Fraile, Ignacio Aldecoa o Sergio Pitol, la amalgama de escritores que se atreven con el cuento desde hace más de veinticinco años es un campo variopinto en el que cada uno explota su criterio y estilo de diversas formas, sobresaliendo, en mi opinión, figuras como Ángel Zapata, Isabel González o Ramón Menéndez Salmón.

Tiendo a imaginarme el género del cuento como ese cajón desastre cultivado por algunos de los más grandes literatos de la historia cuya impronta, no obstante, sigue siendo más relevante que lo entresijos que definen la categorización de la narrativa breve a partir de los pilares construidos por Poe y Chejov; a pesar de la sensación de andar a tientas, intento jugar a acotar a los autores que leo en senderos conocidos o por conocer, y no me planteo demasiado si eso es bueno o malo, o si favorece o embarra lo que el escritor quiere contarnos en sus narraciones. No creo que mi opinión encasille jamás a nadie, y si así fuera, siempre podemos remitirnos al socorrido método interpretativo para que cada cual juzgue en consonancia consigo mismo, y santas pascuas. Confieso que ha sido fácil ubicar a nuestra autora Ruth Santa María. Leí La esmeralda y otros cuentos y me dio por remitirme a esta cita de Richard Ford en su prólogo a los Cuentos Completos de Chejov: «Puede decirse con relativa certeza que con la elección del relato como forma narrativa, Chejov optó por no representar toda la vida, no incurrir en el exceso, sino dar forma a partes discretas de la vida y centrar en estas nuestra atención y más agudas sensibilidades como método de indispensable instrucción moral». No tuve dudas al encajar La esmeralda y otros cuentos en la corriente chejoviana, en esa bifurcación hacia lo sencillo de observar y complejo de sentir, en la comprensión profunda en fondo y sucinta en forma que Ruth tiene del paisaje que nos muestra en sus cuentos y que, para el lector, se hace visible y participativa. El dislocamiento de sus personajes para con el mundo que los rodea conecta rápidamente con las emociones más primarias del ser humano. Con un tono costumbrista y un estilo hermético, Ruth Santa María ofrece una compilación de relatos que abogan por un minimalismo literario que, sin ahogar, logra rozar el nervio de las cosas.

La autoría se vende cara hoy, no por ser difícil de alcanzar, sino de discernir en su translúcida realidad de masa homogénea. El reto es encontrar alguna voz sorprendente en la egolatría de reclamar un puesto sin merecerlo. Hay algo de espontaneidad en la prosa de Ruth, una visión de la realidad reposada cuyo filtro empieza y concluye en la misma autora que ha escrito estos relatos con una firmeza propia de las personas que saben el nacimiento y la muerte de sus historias.

Elías López de la Nieta

Getafe, marzo de 2018